Conclusion

 

Conclusiones 

El terremoto que recien hemos afrontado vino a recordarme una promesa espiritual y estructural viva en Mateo 7:24-25: «Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca». Cuando la tierra se movió y el caos exterior se desató, lo que me mantuvo firme no fue la improvisación, sino la estructura interna que he cultivado: mi fe en Jesucristo. Ver la vulnerabilidad de la salud ambiental y la urgencia epidemiológica en las horas posteriores al desastre me hizo entender, con total claridad, el porqué de mi trayectoria. Mi conocimiento en zoonosis, vectores, agua y control sanitario no es para el aislamiento de un laboratorio; es para el bienestar de la gente en sus momentos más oscuros. Confirmé que el liderazgo colaborativo y la acción técnica salvan vidas cuando las estructuras colapsan.

Si algo me enseñó el terremoto es que el control total es una ilusión terrenal. Pasé días interminables en la sala situaciónal, absorbiendo la presión y coordinando equipos de emergencia, al borde del agotamiento físico. La Palabra me confrontó en Isaías 54:10: «Porque los montes se moverán, y los collados temblarán, pero no se apartará de ti mi misericordia». Entendí que no puedo cargar el mundo sobre mis hombros de manera individual. La emergencia me obligó a delegar, a gerenciar confiadamente en el engranaje institucional y a aceptar que proteger mi propio templo (mi descanso y mi salud) es vital para poder liderar a otros en la tormenta. 

Tengo esperanza en el futuro, porque mi fe se ha fortalecido en su presencia, al pasar por pruebas como estas. Nuestra Nacion esta en sus manos.

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